No marcan goles. Tampoco salen en portadas ni reciben la ovación de miles de espectadores. Son prácticamente desconocidos salvo para aquellos que conforman su círculo íntimo, ésos que les ven levantarse para luchar contra esta vida tan perra; una vida que solo premia el esfuerzo cuando éste viene acompañado de una pizca de suerte que por desgracia no abunda.

Ayer retornó a Rumania uno de esos héores anónimos tras casi 20 años luchando por hacerse un hueco en esta Europa tan occidental de las oportunidades. Finalmente el desgaste le venció. Nos contaba ayer que estaba « harto de luchar por el puto dinero». De ver que, pese a trabajar 12 horas diarias, sábados y domingos incluidos, no podía regalarles el futuro que soñó para sus hijas hace mucho tiempo, cuando comenzó a buscar un lugar donde ver crecer a su familia.

Grecia, Alemania, Italia y finalmente España. Se le dibujó una sonrisa mientras nos confesaba que se pasó los 3 primeros años sin poder mantener una conversación fluida. «Lo pasaba muy mal porque quería expresar muchas cosas pero no podía. Estaba bloqueado. Solo sabía decir café, caña y cuenta, así que imagina lo que me costaba integrarme».

Pese a ello consiguió adaptarse y poco a poco fue ganando confianza hasta que, finalmente, rompió a hablar. «Estalló todo lo que llevaba guardado dentro», sonríe, y desde entonces le fue imposible callarse. Su compañera da fe desde detrás de la barra.

Siempre diligente, parando solo a fumarse los cigarros de rigor que casi siempre dejaba a medias, luchó por ver feliz a su mujer e hijas; para eso había llegado hasta España. Le brillaban los ojos contando como su hija mayor quería tatuarse su nombre «porque admira todo lo que lucho por ella». Por desgracia, la realidad terminó imponiéndose. De nada valen 1.100 euros ganados en días eternos y pagados casi siempre tarde si tienes dos hijas que llevar al colegio y una montaña de gastos fijos que pagar. «No podía seguir tirando de lo que ganaba mi hija para llegar a final de mes, no es forma de vivir». No resulta difícil atisbar detrás de esas palabras un cansancio que va mucho más allá de la falta de fuerzas. Es el hastío de ver como la piedra de Sísifo vuelve siempre a la misma posición cada semana y tú te vas haciendo cada vez un poco más viejo.

Ayer finalmente Nelu pagó «el poquito dinero que debía a la farmacia» y volverá sin preocupaciones ni deudas a su país. Se le veía tranquilo. Ilusionado. Para él no es una derrota porque a partir de ahora será « feliz viendo que mi mujer y mis hijas también lo son». Se acabó trabajar los fines de semana por «una miseria». Al llegar a Rumania se tomará un par de semanas libres para recuperar fuerzas y así poder volver de nuevo a este ring de combate que es la vida, donde a veces la esperanza es el único motivo para seguir adelante.

Mucha suerte amigo.

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